Irreverente; así es y así vibra. También se la conoce como África, la “nacida libre”. El continente madre, donde se origina la humanidad, y un santuario del mundo salvaje. Su espíritu puro, indómito, sublime, la vuelve irresistible para los enamorados de la aventura y los exploradores. Su historia, es un viaje de reflexión humana, de recoger pasos, de tragar saliva y entenderla, para enamorarse locamente de ella.
La madre África es el tercer continente más grande del planeta. Una tierra con paisajes de película hasta la médula. El desierto del Sahara, el río Nilo, el monte Kilimanjaro, las pirámides egipcias, las tierras de baobabs – sí, esos árboles africanos que asustaban al Principito-, y por supuesto, la sabana, su ecosistema más extenso, el hogar de varios de los animales más imponentes la Tierra, entre ellos, los famosos cinco grandes: el elefante, el león, el rinoceronte, el búfalo y el leopardo.
Es que África es todo un safari. Safari, en suajili, una de sus lenguas nativas, significa viaje. África es el viaje.

Pero no todo es mágico como relato. También hay una sombra histórica que contar. Este continente lleva muchas cicatrices, algunas heridas abiertas, otras por fin cerradas. Es una fuente de inspiración y aprendizajes por su lucha y fortaleza. Por sobre todas las cosas, estremece su resiliencia.
Geográficamente dividida, al norte están los países árabes pues en el siglo Vll invadieron todo este territorio, y hacia el centro-sur, los países que estaban relativamente aislados de conquistas, hasta las primeras expediciones europeas en el siglo XVll cuando Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Italia y España se repartieron el resto del continente. En este proceso, no se respetaron los derechos, tradiciones y costumbres del pueblo africano, y entre 1880 y la Primera Guerra Mundial, este reparto de los países llevaron esclavitud y una profunda crisis económica, social y cultural, que de varios modos sigue presente en el continente, pues hoy por hoy, en África están diez de los países más pobres del mundo.
La sanidad y la medicina son campos lejanos para muchos, pues gran parte de su población no tienen acceso a estos derechos vitales, entre otras secuelas que dejó su historia.


Hacia el siglo XX, el racismo y la discriminación en África era profunda y dolorosa, se lo conoce como, apartheid, palabra que significa, separación. Todas estas realidades se convirtieron en la razón de lucha de sus naciones, grandes revolucionarios, líderes de opinión y voceros. Su sueño: liberar a África y garantizar los derechos humanos. A mediados de siglo 20, finalmente comenzaron a independizarse. Tras la segunda guerra mundial, África solo contaba con cuatro países independientes: Liberia, Egipto, Etiopía y Sudáfrica, fue en ese momento que se rompieron reglas y moldes, los siguientes 30 años fueron el boom de la libertad para todo el continente.
En este proceso fueron elementales varios legados de activistas como Nelson Mandela, Mariama Ba, Patríce Lumumba y otros, que lideraron y cambiaron la historia de África, como también muchos personajes con premios nobel de la paz.
La música africana en este contexto también cumplió un rol revolucionario, transformándose en una forma de reinvidicación cultural, resistencia social y sobre todo de esperanza. Transformaron sus lágrimas en canto y narraron su realidad a través del arte. De hecho Miriam Mákeba, es una mujer referente de la música africana que con su voz celebró todas las independencias del continente e hizo bailar al mundo con sus ritmos, por esto la llamaban: Mama África. Entre otros talentos, es la cuna de Cesaria Évora, conocida como “la diva de los pies descalzos de Cabo Verde”, Freddy Mercury, vocalista de Queen, de los barrios de Stone Town, Tanzania, y Hugh Maskkela otro grande del Jazz, de Sudáfrica.
Las melodías nacidas en este continente tiene influencia en muchísima música del mundo. Componen a todos sus continentes hermanos, empezando por el blues, funk, calipso, góspel, salsa. De algún modo, todos llevamos África en la sangre. Nosotros la danzamos. Y ellos, le danzan a la libertad.

Hay que ir a África. No solo porque uno de sus motores económicos está en el turismo, en manos de los viajeros y viajeras, sino también porque esta tierra es la raíz de los seres humanos.
De hecho, cuando pisé este continente por primera vez, sentí que mi sueño le quedó corto. Recién empezaba a viajarla y me causaba más emociones de las que uno podría siquiera imaginar. Multiplicó mi eterna exploradora interna.
Ernest Hemingway decía: “Nunca supe de una mañana en África que al despertar no fuera feliz”. Una frase que al respirar y explorar este continente se comprende, pues provoca un sentimiento como ningún otro. Como conectar con una madre. Y, ¿Cómo no?, si es el vientre que dio luz a nuestra especie.

