Dicen que un año de viaje equivale a siete años de vida estática. Y sí. Un largo viaje te remueve todo. Te toca cada fibra. Te eleva, te sumerge, te inspira, te contradice, te explota, te calma, te shockea, te descoloca, y como sea, te despierta. Te lleva a conocerte mejor y a conocer escenarios de pueblos y personas jamás imaginados -ni siquiera imaginándolos-. Te enseña a improvisar, a agradecer, a cuestionarte, a sincerarte. Enciende en ti una profunda curiosidad y una infinita creatividad. Pone en una batidora mental: tierras, ideologías, filosofías, realidades de culturas lejanas, para volverlas cercanas. De pronto ya no eres igual: eres del mundo y para el mundo.
De pronto ya no eres igual: eres del mundo y para el mundo
Por eso esta palabra es tan maravillosa, tan controversial, tan aplicable a todo, porque envuelve lo inevitable: la transformación. La libertad en su forma más latente, más fogosa. Y créanme, de experimentar la libertad, no hay vuelta atrás. No puede haber vuelta atrás.
El viaje, al fin y al cabo, será siempre esa fuerza mayor del planeta que te abre la mente, te toma la mano, te lanza a la cancha, te da mil vueltas, te da alas, te pone los pies sobre la Tierra, y te hace florecer.


Mark
5 de septiembre de 2022Thanks for your blog, nice to read. Do not stop.